Egoísmo fracasado

Se observa con frecuencia, la manera en la cual un momento determinado nos genera reflexiones que van muy alineadas las unas a las otras. Parecido al post anterior, esta reflexión que también es de 2013 se vuelca también esas ideas de lo contrapuesto, de lo esperado y lo deseado, de lo generalizado y lo extraño. A continuación la idea sobre el egoísmo fracasado:

Egoísta. Egoísmo. En todos nosotros hay un egoísta. La naturaleza nos ha diseñado con un código genético que nos dota de un egoísmo supervivencial. En lo más profundo de nuestro ser albergamos la férrea aspiración de sobrevivir. Por eso, en circunstancias extremas, podemos llevar a cabo acciones extremas para alcanzar dicho fin. Sin embargo, en tiempos de bonanza, ese egoísmo más primitivo se torna menos relevante, o al menos tendría sentido que lo fuera. Si tu supervivencia está (digamos, por el bien del argumento) asegurada, hay mucho más espacio para actitudes altruistas. Este es el motivo que me desconcierta cuando me invade la sensación de que a medida que evoluciona el mundo, el egoísmo egocéntrico, en vez de revertir es una tendencia que se acrecienta.

Nuestra sociedad alimenta el egocentrismo. Nos da las herramientas para ser constantemente el centro de atención, que nimiedades se muestren como grandes logros y alimenta esa visión centrada en el yo que fomenta un egoísmo, que a mi juicio, ni siquiera logra favorecer a la propia meta del egoísmo, favorecerte a ti mismo. El egoísmo extremo se torna contra el propio individuo obligado a vivir en sociedad. Cuando todos buscan favorecerse a si mismos en la mayor medida posible, todos se convierten en potenciales competidores y enemigos, la vida se convierte en guerra. Es la solución no óptima del dilema del prisionero.

Sin embargo siempre ha habido personas que incluso en las circunstancias más extremas son capaces de dar la espalda a todo aquello que la naturaleza les dicta y llegar incluso al extremo de dar su vida, la esencia misma, por salvar la de otros. A veces es involuntario, quizá por altanería, que lleva a las personas a pensar que pueden salvar a alguien y salir ilesos. Pero cuando existe la certeza de que van a dar su vida por la de otro y lo hacen, siendo consciente de ello, entonces están dando la espalda al instinto más primitivo. Pero incluso sin llegar a ese extremo. Hay personas, que a mis ojos simplemente son altruistas. Bueno, si quieren egoístas altruistas. Pero altruistas al fin y al cabo.

También tengo la firme convicción que el vago que el ser humano lleva en su interior, y que tan presente está en nuestra convivencia, juega un factor sumamente importante. Seguramente sea más fácil centrarse más en uno mismo, seguramente a nivel emocional se sufra menos, se padezcan menos desengaños y no haya tantos momentos en los que sentirse defraudado. Como cuestión de comodidad, ser altruista es mucho más incómodo. Y si piensas en ello, la vida en cierta medida te alienta a alejarte del camino del altruismo. Eso no significa que el egoísta sea feliz ni que pueda llegar a ser más feliz.

A pesar de todo ello, y de cómo se desarrolla la vida en nuestra sociedad, hay personas que simplemente parecen buenas a todos los niveles. Quizá no abundan, quizá no son un grupo excesivamente numeroso, pero las hay. ¿Cómo definimos a esos que son incapaces de dejar de dar a los demás? ¿Cómo les llamamos? ¿Los egoístas inútiles? ¿Definimos el concepto como egoísmo fracasado? A nivel dialéctico fracaso podría ser un buen acompañamiento a la palabra que defina su situación, por contraposición a la tendencia. A mi me cae bien esa gente. Quizá como egoístas hayan fracasado, pero como personas para mi son unos triunfadores. Además, su capacidad de sobrellevar la adversidad los hace mucho más resistentes a nivel emocional.

El rico que no tenía nada

Me he topado con esta vieja reflexión del año 2013, mucho más joven y por desgracia para mi yo actual incluso más elocuete. Una mirada sosegada de las cosas, simple. No quiero ahora manchar la reflexión con mi potencial ineptitud del presente, así que sin más, aquí la dejo:

Pasear de la mano de la soledad te descubre la ciudad. Saltar de roca en roca y acariciar la hierba te devuelve a la naturaleza. Pararte bajo la lluvia te redescubre la libertad. Empeñarte en medir la vida en base a las posesiones te deja sin una vida que vivir. Es bueno perder. Perder te da la perspectiva del perdedor. Alejado de las alabanzas, desposeído de las adulaciones, el mundo que te rodea se descubre en su forma más cruda y bella. No hay mérito en encontrar belleza en un palacio. Los palacios están concebidos para que todo a su alrededor palidezca. La belleza genuina está en la flor que se abre camino entre el asfalto, en una gota que dibuja anillos en el agua, el Sol enrojeciendo el atardecer y tiñendo las olas del mar.

En la vida es necesario parar. Cada momento es único y si no dejas de correr llegará el día en el que no sabrás como has llegado hasta allí. Todo nuestro sistema está creado para que corramos como un hámster en su rueda, sin parar, sin mirar a los lados. Pero si no paramos, si no miramos, si no somos conscientes de que este momento que está transcurriendo, en el que el futuro viene al presente para terminar al instante siendo pasado, nos perdemos la vida. Este momento nunca volverá. No hay nada más triste que llegar a un día en el que descubras que has pasado por la vida pero que no la has vivido.

Si las películas no te hacen soñar, ni la música te transporta a otro lugar, si las palabras no te emocionan ni los libros te hacen llorar, si no eres capaz de reír sin motivo, entonces tu vida para mi no tiene sentido. Una vez alguien le dijo a un muy buen amigo que no tenía nada, porque no tenía un buen reloj, tampoco una casa, un barco ni un gran coche. Curiosa definición de no tener nada. Yo siempre pensé que mi amigo tenía un montón. Tenía amigos, a alguien que le quería, tenía la capacidad de reírse de si mismo y una gran sabiduría. Yo lo tengo claro, pero, ¿y tú? ¿Tú quién prefieres ser? ¿Tú qué prefieres tener?